El viento: del ventilador al secreto
Un órgano no empieza en los tubos, sino en el aire que los atraviesa. El ventilador centrífugo aspira el aire de la sala y lo envía a un depósito de pliegues, que actúa a la vez como acumulador y como regulador: la tapa del fuelle, cargada con pesas o con muelles, mantiene la presión mientras la válvula de admisión se abre y se cierra según el consumo. De ahí salen los portavientos, conductos de madera o de metal que llevan el aire hasta cada secreto.
La presión se mide en milímetros de columna de agua y no es un dato accesorio: fija la potencia del ataque, el equilibrio entre fundamental y armónicos y el margen de trabajo del armonizador. Los instrumentos de tradición ibérica suelen moverse en valores moderados, y un cambio de unos pocos milímetros obliga a revisar toda la armonización, porque los tubos han sido ajustados para una presión concreta.
La calidad del viento se juzga por su estabilidad. Un sistema sano sostiene un acorde en el pleno sin que la afinación se desplace ni el sonido tiemble; cuando eso no ocurre, la causa suele estar en fugas de las juntas, en pieles envejecidas, en una sección de portaviento insuficiente o en un depósito demasiado pequeño para el consumo real del instrumento. El temblante, en cambio, introduce una oscilación intencionada, y su ajuste forma parte del carácter del órgano.
Vocabulario mínimo
Fuelle de depósito, válvula de admisión, portaviento, presión de trabajo, temblante y caja de ventilas son términos que reaparecen en todos los apartados siguientes. Conviene fijarlos antes de entrar en el secreto.